Me desperté en la madrugada por culpa de aquellos pasos que se escuchan en la calle. Pasos de mujeres, de sombras en la noche, que huyen cuando la luz del sol comienza a acariciar su piel. Curioso, me acerqué sigilosamente a la ventana de mi habitación en busca del causante de mi desvelo. Esa fue la primera vez que la vi.
Era una noche de verano. Se encontraba apoyada en un auto blanco mientras conversaba con el conductor. Jugaba con su largo cabello y secaba, de manera continua, las gotas de sudor de su amplio escote.
Ella no parecÃa ser como las demás. Se notaba más calmada, más sutil. Estaba seguro que todo debÃa ser un sueño, o más bien una pesadilla. Era demasiado perfecta como para trabajar en aquel oficio. Sus movimientos suaves de cadera me atraÃan. ParecÃa como si estuviese bailando para mÃ, deseando ser mÃa.
De pronto, me observó de reojo. Mi mente colapsó y solo atiné a esconderme tras la cortina. Escuché el auto acelerar. Se habÃan ido. Fui a la cocina por un vaso de agua. Lo bebà y volvà a mi habitación. Di vueltas sin sentido por al menos una hora, preguntándome quien era esa mujer y si la volverÃa a ver. Me senté en mi cama observando el reloj que se encontraba sobre mi mesa de noche. Eran las 2:30 AM. Intenté esperarla despierto, pero me fue imposible.
Más tarde, mi sueño volvió a ser interrumpido. Esta vez eran unos gritos delirantes que provenÃan de la calle. Desconcertado, me asomé a la ventana para observar lo que sucedÃa. Era ella discutiendo con el conductor del auto.
El hombre intentaba callarla tapándole la boca, pero no paraba de gritar. â¡Puto!â, exclamaba ella. El hombre, furioso, perdió el control y la golpeó. Ella se bajó del auto un tanto mareada. â¡Todos son unos putos y los mataré a cada uno!â, replicó encolerizada. El hombre bajó del auto, se acercó a ella y le lanzó un puñetazo en la cara. âLa única que morirá eres tú. ¡Puta!â, vociferó el hombre.
Me escondà tras la cortina, pero continué observando la golpiza. Ella clamaba ayuda, pero nadie iba a rescatarla. Su rostro se encontraba deformado por los golpes. HabÃa sangre desparramada en el pavimento y aún asà él continuaba pateándola en el piso.
No podÃa continuar observando aquella escena. Cerré mis ojos. Lágrimas rodaron por mis mejillas. Esto no podÃa ser real, tenÃa que ser mi imaginación. Una pesadilla. âMi mamá tenÃa razón. Esto ocurre cuando me desvelo viendo pelÃculas de terrorâ, pensé. Silencio. Los gritos habÃan desaparecido. Abrà los ojos esperando que todo hubiese sido un sueño. Sin embargo, todo era demasiado real.
La golpiza habÃa terminado, pero ella ya no se movÃa, ya no luchaba. No la ayudaron, no la rescataron como en los cuentos de hadas. El prÃncipe azul no hizo su aparición. El hada madrina no la revivió. La bruja ganó.
Tirada en la calle con su cabello empapado en sangre, indefensa recibió el último golpe. Una patada en la cabeza. El hombre la arrastró por el asfalto y la metió en el maletero de su auto. Aceleró, pero esta vez vi la patente. XA â 1376. Un pensamiento inundó mi mente. âMierda. Es mi papáâ
Pálido y con la vista difusa me senté en mi cama. Observé el reloj que se encontraba sobre mi mesa de noche. Eran las 2:30 AM. Miré al techo y cerré los ojos. âPor favor que sea un sueñoâ, rogué.